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 Costas chilenas: de Pichilemu a Zapallar

Las costas chilenas presentan sorpresas y fascinantes contrastes, con bahías hermosas y salvajes. Chile se extiende desde el Trópico de Capricornio hasta la Patagonia, con gran variedad de climas y paisajes. En este viaje quisimos conocer dos de las más insólitas costas de ese país: la Isla de Pascua y la costa central, desde Pichilemu hasta Zapallar, un recorrido que incluye Viña del Mar y Valparaíso.

Isla de Pascua o Rapa Nui

Situada en medio del Pacífico, la Isla de Pascua es la más aislada del planeta, el lugar más remoto. La isla más cercana, Pitcairn, se encuentra a 1,900 km, colonizada y todavía habitada por los descendientes de los insurrectos del Bounty, deportados a esa isla. A 2,500 km se hallan las Islas Mangarévas, parte del Archipiélago de Polinesia, y las Marquesas a 3,200 km.

 

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La costa de Chile, país al que pertenece Rapa Nui, se sitúa a 3,700 km, y el avión de LanChile que nos llevó tardó cinco horas desde Santiago, un recorrido que hubiera necesitado largos días de navegación. Al llegar alquilamos una pequeña lancha para recorrer la sorprendente costa de esa isla volcánica.

Rapa Nui tiene 24 km de largo por 12 de ancho, formada por la lava de tres conos volcánicos: Terevaka, al norte, con una altura de 652 m, Pukatiki, al este, con 400 m, donde forma la Península de Poike, y Ranau Kau, al suroeste, con 410 m. Pequeños cráteres se reparten en la isla, como Rano Raraku, donde los hombres tallaron los moai, y Puna Pau, de donde sacaban los sombreros (pukao) de los moai. La isla descansa sobre una plataforma de 50 a 60 m bajo la superficie, pero ésta termina a una distancia de 15 a 30 km, y el piso del océano baja de 1,800 a 3,600 m.

Rapa Nui es enigmática por su cultura, donde se mezclan tradiciones latinoamericanas y polinesias. La historia nunca ha revelado cómo llegaron los primeros pobladores a esa isla tan remota y cómo sobrevivieron sobre una tierra de sólo 117 kilómetros cuadrados. Lo que es seguro es que venían de Polinesia, de las Islas Marquesas, y tienen que haber navegado durante meses, en pequeñas embarcaciones.

No se ha explicado cómo sobrevivieron en ese largo viaje, llevados por las corrientes. Una vez instalados se dedicaron a tallar figuras colosales, los moai, extrayéndolos de la roca volcánica, transportándolos, con un sistema que incluye troncos, hacia la costa, donde los erguían sobre plataformas de piedra llamadas ahu.

 

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Las leyendas de Rapa Nui cuentan su versión de la historia, pero nunca sabremos hasta dónde se cuenta la realidad. Dicen que los hombres de “orejas cortas” llegaron desde el oeste y los de “orejas largas” desde el este, lo que puede significar que también llegaron desde Perú. Teoría que quiso comprobar en 1955 el científico noruego 

Thor Heyerdahl, con su expedición Kon Tiki, una embarcación hecha con el pastizal que crece en el lago Titicaca.

Según la leyenda oral, Hotu Matua fue el primero en llegar, más o menos en el 450 d.C. La gente se dedicaba a cultivar y a construir los moai, que tenían como función recordar a sus ancestros más ilustres. Las ceremonias tenían lugar en el recinto sagrado, los habitantes vivían en casas de piedra ovaladas en forma de barco, llamadas haré paenga.

La isla era tan próspera que se calcula que en el siglo X llegó a tener 10,000 habitantes. Las guerras internas acabaron con los “orejas cortas", la población disminuyó, los árboles habían desaparecido y los moai habían caído.

La nueva época olvidó el culto de los moai y se dedicó al culto de las aves. Esperaban la llegada de las aves migratorias, que según la tradición oral eran enviadas por el dios Make Make. La ceremonia del hombre pájaro consistía en una competencia donde cada representante de las tribus, con el cuerpo pintado, bajaba el acantilado del volcán Rano Kau para nadar hasta los islotes Motu Nui, distantes unos dos kilómetros, donde capturaban uno de los huevos del pájaro Manutara. Regresaban para entregar el huevo a su ariki(rey) que lo convertía en Tangata Manu, jefe religioso y político de la isla durante un ano.

La expedición holandesa con Jacob Roggeveen llegó en abril de 1722, y la llamó Isla de Pascua, por el día en que la descubrieron. Fue visitada por el inglés James Cook, el español González y Aedo, el francés Jean Francois de la Galaup, conde de la Pérouse. Pero en el siglo XIX la isla se encontraba en completa decadencia, las expediciones europeas habían raptado a más de cuatro mil isleños para mandarlos a trabajar en las minas del sur de Perú. La religión católica traía confusión, la última elección del Tangata Manu tuvo lugar en 1866, y en 1888 Rapa Nui pasó a formar parte del territorio chileno.

Lo primero que sorprende al llegar a la isla es su relieve, que se compone de varios volcanes, y toda la costa se caracteriza por rocas negras, cuevas, playas de arena y pequeñas calas.

El avión de LanChile aterrizó en la corta pista que atraviesa la isla al pie del volcán Rano Kau, y en seguida nos encontramos en la capital, Hanga Roa. Nos instalamos en el hotel Ranga Roa, que domina la ciudad y el mar, donde las olas golpean la isla perdida en el gran océano.

En la marina de Hanga Roa, dominada por uno de los moai, encontramos nuestra pequeña embarcación lista para resistir la fuerza del mar. El pueblo estaba muy tranquilo, olvidado en el tiempo, invitando a observar una de las puestas de sol más espectaculares en el sitio de Ahuakapu, donde el sol alumbra los moai que destacan en el horizonte, llenando de magia ese momento.

Según la tradición, la gente creía que el alma de la persona muerta se elevaba en el cielo y volaba hacia el horizonte, donde se perdía. Los moai se erguían sobre los ahu, orientados hacia el centro de la isla, dando la espalda al mar, lo que permitía proteger la isla de las malas vibras de las almas, o según otros permitía a las almas regresar a la isla sin perderse.

Esos monolitos miden en promedio entre 5 y 7 m y el más grande es de 21 m, pero nunca fue terminado. Cada moai tiene rasgos diferentes, y la mayoría lleva el pukao, un sombrero de piedra que se colocaba sobre la figura una vez enderezada.

Se han encontrado 300 moai, 250 ahu y varias haré paenga que podían hospedar hasta 100 personas. Los ahu se disponen a lo largo de la costa, y Ahu Akivi es el único lugar sagrado tierra adentro donde los moai ven hacia el océano.

 

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Empezamos nuestra navegación hacia el norte, recorriendo una costa con cortos o altos acantilados de piedra negra, filosa, azotada por las olas, con muy pocas posibilidades de acostar. Es una costa muy inhóspita que ofrece un paisaje insólito y soberbio, con vigilantes moai.

Cruzamos por varios de esos lugares llenos de misticismo y seguimos la costa escarpada del volcán Maunga Terevaka hasta llegar a la pequeña Bahía de Anakena, donde pudimos acostaren la playa de arena blanca bordeada por palmas de coco. Aquí acampamos. Vimos los moai que vigilan el océano, visitamos los sitios de Hanga Otfo. La sensación era la de estar en un lugar habitado por fantasmas que rodeaban esas figuras que desafían el tiempo.

Al día siguiente fuimos a conocer la hermosa playa de Ovahe, los sitios de Te Pito Kura con sus ahu y a encontrar un pequeño puerto protegido en Hanga Hoonu para visitar los lugares sagrados. Recorrimos la costa de los grandes acantilados que bordean el volcán Poike hasta llegar a la costa sur, un poco más protegida, con mar tranquilo, hasta atracar en la pequeña cala de Tongariki. Entonces apareció el bello sitio de Hanga Tu Hata, donde se erigen los moai a la orilla de las olas, dentro de un gran recinto religioso.

Aprovechamos para visitar el volcán Rano Raraku, donde se encuentran las canteras que permitieron que se tallaran los moai y donde encontramos muchos sin terminar, y en su cráter, una laguna aseguraba el agua potable de la isla.

Nuestra última etapa nos llevó a descubrir la costa sur, donde se alojan pequeñas calas, gran variedad de ahu, y finalmente la orilla del volcán Rano Kau, que contiene otra laguna, con Orongo y sus casas elípticas en la orilla, con acantilados impresionantes que forman una barrera natural contra las olas. Es donde se localizan los islotes o motu (Kau Kau, Iti, Nui) donde el hombre pájaro encontraba el huevo simbólico. Finalmente llegamos a Hanga Roa, encantados de haber visto uno de los tesoros de la Tierra. Todavía nos esperaban más sorpresas, cuando buceamos para descubrir fondos marinos, peces de colores, mantarrayas y tiburones.

La Isla de Pascua es uno de los lugares más insólitos de la Tierra, que encanta, sorprende y conquista, por la historia, los moai y la gentileza de su gente, donde la música tiene ritmos polinesios con letras en español.

 

 

Desde Pichilemu hasta Zapallar

De regreso a Santiago por un vuelo de LanChile visitamos los mejores viñedos de la región al pie de Los Andes, que elevan sus cimas para cubrirlas de nieve, alojados en valles: Maipo, Casablanca, Totihue, Cachapoal, Colchagua, María Pinto.

Las bodegas crean vinos de renombres internacionales: Concha y Toro, Casa Silva, Altaír, Undurraga, Cousiho Macul, Santa Carolina, Santa Rita. Las rutas de degustación nos llevan a descubrir esos valles encantados y a probar los mejores vinos de gran sabor, recorriendo hermosas escenas rurales.

Al adentrarnos en Los Andes hallamos sorprendentes desfiladeros con torrentes, donde la nieve encuentra los cactus, las vacas dan materia para la fábrica de quesos y las carreteras llevan a las estaciones de esquí, como Portillo y El Colorado. El Cajón del Maipo es un tesoro natural a la puerta de Santiago que visitamos bajo la nieve que creaba un escenario excepcional.

Después de atravesar el Valle de Rancagua alcanzamos el puerto de Pichilemu, con su larga playa. Parece el lugar más remoto de la Tierra, donde reinan los pescadores.

 

El clima no es muy complaciente, pero el pequeño yate estaba listo para enfrentar la mar. Recorrimos una costa donde se suceden grandes playas y acantilados, encontrándonos con focas que desafían las olas en sus rocas. Los grandes ríos desembocan en lagunas saturadas por las lluvias de los últimos días y el mar toma el color de la tierra traída por esos torrentes.

Alcanzamos San Antonio, con su excelente puerto protegido por las quebradas que encierran la bahía. San Antonio sufrió con el tsunami que destruyó gran parte de la costa en los primeros anos de la década de 1960. Colocaron señales para refugios en caso de que se produzca otro. Es un extraordinario puerto pesquero con una vida vertida hacia el mar.

Siguiendo la costa admiramos hermosas playas bordeadas de pinares. Nos detuvimos en Isla Negra para visitar la casa de Pablo Neruda, el gran poeta que vivió muchos anos en ese paraíso costero. Alcanzamos los encantadores pueblos de El Tabo, El Quisco, Agarrobo.

Después de recorrer la costa más salvaje, bordeada por impresionantes acantilados, llegamos a Valparaíso, el gran puerto comercial de Chile, que nos recibe con su atmósfera europea y los funiculares que alcanzan las colinas. Los bellos edificios atestiguan la importancia y riqueza del lugar y desde la colina la vista es espectacular.

 

 

Visitamos la elegante Viña del Mar, ciudad de veraneo, donde su larga playa acoge la gente ávida de sol y mar. Destacan sus fabulosos edificios, las grandes mansiones, restaurantes de alta cocina y excelentes mariscos, el hotel Sheraton Miramar y una divertida vida social que alcanza su máximo desarrollo durante el verano.

Nuestro último recorrido nos llevó hacia el norte, costa donde alternan zonas de mansiones, pequeños puertos, largas playas y colinas que bajan hacia el mar salpicado de islotes.

Concon se aloja en una verde colina, Quintero y Punchuncavi dominan largas playas. Una gran colina boscosa protege al pueblo de Zapallar, alojado en una de las bahías más hermosas de la costa. Las elegantes mansiones se esconden en el bosque, y en medio de este soberbio escenario nos alojamos en el hotel Isla Seca para descansar de la dura travesía.

Zapallar es el pueblo más distinguido de la costa, donde habita el jet set de Santiago, en lujosas mansiones entre pinos encantados. Y si Viña del Mar es la ciudad de los bares, discotecas y diversión, Zapallar es la elegancia, la paz.

Después de la navegación agotadora, aunque llena de fabulosas imágenes y pueblos encantadores, alcanzamos Los Andes, atravesando el Valle de San Felipe, con sus viñedos. Y subimos a Portillo, la mejor estación de esquí de Chile, que goza de una larga temporada invernal, desde junio hasta septiembre, y las mejores pistas y exquisito ambiente invernal.

Chile es un país sorprendente, que seduce con su gran variedad de escenarios. Nuestro recorrido ha sido variado, desde la Isla de Pascua, uno de los lugares más intrigantes del planeta, hasta la costa salvaje y elegante de la zona de Santiago, pasando por la región de los mejores viñedos, vigilado por Los Andes nevados. Desde la playa hasta las pistas de esquí gozamos de variedad de climas y escenarios, disfrutando de la mejor comida, excelentes mariscos y finos vinos.

Rapa Nui es la misteriosa que conserva los tesoros de su historia guardados dentro de su piedra negra azotada por las olas y vigilada por los moai. Y Chile es tierra de sorpresas, donde la forma de ser de la gente es tan magnífica como la belleza de sus paisajes. 

 

 

Hoteles con gran encanto

Navegar por las costas de Chile implica descubrir lugares de gran encanto, donde el buen vino y la refinada comida acompañan los placeres del viaje. 

En el Hotel Isla Seca, desde el soberbio pueblo de Zapallar, se admira una de las más bellas vistas de la costa, y en Cala se goza de refinada cocina de autor.

Del otro lado del mar, en la Isla de Pascua, el Hotel Ranga Roa permite gozar de la espectacular vista desde cada bungalow. Con cocina regional en el restaurante Kona Kai, que mezcla los sabores chilenos con los polinesios. Es un lugar magnífico en el territorio insólito de Rapa Nui.

En lugares excepcionales, estos hoteles con gran encanto invitan a los viajeros a vivir exquisiteces, ya sea por las bodegas, los platillos o los paisajes y las comodidades. Chile sabe consentir a sus visitantes.

Las principales atracciones de Zapallar son su espectacular playa de blancas arenas, las caminatas peatonales al Cerro de La Cruz, observar
la puesta de sol en el Mar Bravo, el parque de La Paz, visitar la caleta de pescadores, subir al peñón de la Isla Seca, recorrer sus calles conociendo las señoriales casas y preciosos jardines que conforman el balneario. También se puede ascender el cerro El Boldo y disfrutar de una panorámica espectacular de toda la bahía Zapallarina y sus alrededores. 

 

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Info

Hotel Isla Seca

Zapallar

T (56-33) 74 12 24

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

www.hotelislaseca.cl

 

 

Texto: Patrick Monney / Turismo de Chile ± Foto: Patrick Monney compás int • compass int / Turismo de Chile

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