La costa vasca Francesa y las Landes desde Hendaye hasta Bordeaux

Desde las colinas verdeantes que bajan de los Pirineos atlánticos para formar el País Vasco Francés hasta las planicies cubiertas de pinos que forman las Landes, la costa inventa unos acantilados sorprendentes y termina en largas playas de arena dorada. En tierra, los seductores pueblos invitan a descubrir su arte culinario y sus tradiciones, unas hermosas lagunas habitan las pinedas, la gente intriga por su carácter fuerte y sus costumbres.

 

Hendaye-Saint Jean-de-Luz

Nuestro pequeño yate nos esperaba en Hendaye para descubrir la costa hasta Bordeaux, una región maravillosa de Francia. En la parte vieja de Hendaye domina la iglesia de Saint Vincent y se siente el pasado fronterizo de la ciudad aunque las fronteras se han levantado ahora. Del otro lado de la Bahía de Chingoudy encontramos la ciudad española de Hondarribia, con su puerto pesquero muy activo y la imponente abadía, donde estuvo un tiempo Carlos V, hoy transformada en Parador. Aquí el tiempo se ha detenido, los restaurantes invitan a descubrir la comida española para rivalizar con la francesa y en el mercado empieza la auténtica España.

Siguiendo la costa hasta el Cabo de la Higuera encontramos una serie de pequeñas bahías, ideales para anclar y caminar por esas verdes vertientes de los Pirineos que se echan al mar. Declarado parque nacional, es una zona de bosque que contrasta con el azul del mar donde las olas atacan los pequeños islotes que son el hogar de las aves.

 

 

Atravesando en línea recta la entrada de la Bahía de Chingoudy, con su larga playa, llegamos al Château d’Antoine D’Abbadie, construido por Eugène Viollet-le-Duc en 1860, con una arquitectura neogótica teñida de pasión orientalista. Antoine D’Abbadie, gran viajero y primer cartógrafo de Etiopía, instaló un observatorio astronómico en ese castillo que domina el mar con sus torres picudas, como un fantasma surgido del pasado y rodeado por la Reserva Ecológica de Abadía.

Seguimos esa costa formada por sorprendentes acantilados, donde las capas accidentadas han dibujado un extraño paisaje, inclinadas, cortadas por el mar. En los pastizales los borregos aparecían como manchas blancas sobre el verde brilloso, y más allá las olas levantaban una húmeda neblina clara. Pasamos la punta de Sainte Barbe para entrar en la gran Bahía de Saint Jean-de-Luz, guardada al sur por el pequeño puerto de Socoa, dominado por su fuerte, y al norte por el acantilado. Una hermosa playa bordea la ciudad, gran polo de atracción para la gente en el verano, y el río Nivelle desemboca en el fondo de la bahía. En ese río que separa Ciboure de Saint Jean-de-Luz encontramos la marina y el puerto de pescadores, donde los barcos se reflejan en el agua al pie de la torre de la iglesia.

 

 

Ciboure, ciudad natal del compositor Maurice Ravel, es un paseo lleno de romanticismo, con su bella Iglesia de Saint Vincent (siglo XVI), la famosa Torre de Bourdagain (siglo XIV) y su vieja fuente del siglo XVII. Su rival y compañera Saint Jean-de-Luz es más ruidosa, con sus callejones típicos que rodean la iglesia de San Juan Bautista con su maravilloso altar y sus barandales de madera,  donde se celebró en 1660 la boda de Luis XIV con la infanta de España María Teresa de Austria. Después de la boda, la puerta por donde entraron los novios fue sellada. Visitamos las casas donde se alojaron el rey y la infanta, las calles muy animadas y bordeadas de casas vascas con todo tipo de tiendas, descubriendo el famoso “macaron Adam”, un exquisito tipo de mazapán.

Nos alojamos en el encantador hotel Les Jardins de Bakea, gran casa típica en plena campiña, con su refinado restaurante que sirve un excelente dúo de poro y foie gras.

 

 

Pueblos vascos, Arrière Pays

Nuestro recorrido por tierra nos llevó a conocer el Arrière Pays vasco francés, con sus fascinantes pueblos anidados en las colinas verdes al pie de los Pirineos: Ascain, con su iglesia característica de torre cuadrada y barandal interno de madera, su frontón y sus casas típicas; Sare (desde donde podemos tomar el tren de cremallera para subir al pico de La Rhune a 900 m) y Aïnhoa, dos aldeas que viven al ritmo de las campanitas de sus vacas y donde se siente la música del arte de vivir; Espelette, con su castillo y su famoso chocolatero Antton; Cambo-les-Bains con sus centros termales y el fascinante Arnaga (mansión de Edmond Rostand, el famoso escritor de Cyrano de Bergerac). Conocimos el Castillo d’Urtubie, con sus torres redondas amenazantes, y los pueblos costeros de Guéthary y Bidart, dos localidades intrigantes que dominan el mar, donde la vida se rige alrededor de su frontón y el puerto de pescadores, adornados por hermosas casas vascas.

 

 

Saint Jean-de-Luz- Biarritz

Seguimos nuestra ruta marítima a lo largo del acantilado entrecortado por las playas donde unos surfistas esperaban las olas, admiramos mansiones que dominan un espectacular panorama costeando el campo de golf, uno de los más bellos de Europa. Después de una hora llegamos a Biarritz, la elegante, con sus auténticos palacios asentados sobre las rocas y el “Palais” que cuenta la vida de esa gran ciudad y donde nos alojamos después de atracar el yate en el pequeño puerto al pie de la catedral. Le Palais es un fabuloso y elegante hotel que originalmente fue la “Villa Eugénie”, casa de veraneo de Napoleón III y la emperatriz Eugenia que se había enamorado del lugar. Ellos son los que pusieron de moda a Biarritz, con su buen aire y los nobles se construyeron mansiones.

En 1893, la República reemplazó el segundo imperio, la Villa se volvió hotel y la aristocracia acudía, la ciudad se adornaba de hermosas residencias, la bella época la alumbró con su casino, su teatro, sus fiestas, las estrellas de cine y la elite europea la alzaron al nivel de soberana de la costa vasca.  El “Rocher de la Vierge” es un conjunto de rocas que se adentran entre las fuertes olas, protegidas por una virgen que parece dirigir el océano; el faro encierra esa bella playa decorada por Du Palais, otros hoteles o centros de talasoterapia, el casino, la iglesia y las casas con extrañas torres cazadoras de brujas.

Biarritz es la playa para el surfing o para ser visto, la ciudad para disfrutar de la comida y de las fiestas, es un encantador rincón de la costa vasca con un temperamento internacional.

 

 

 

Biarritz-Hossegor

Después de gozar de la refinada ciudad, su exquisita cocina y el encanto de Du Palais continuamos nuestra ruta hacia el norte para descubrir que pasando el faro de Biarritz y hasta Bordeaux nos esperaba una costa plana de largas playas de arena dorada y fuertes olas. Pasando Anglet y una fuerte barra entramos en la desembocadura del río Adour para llegar a Bayonne, una auténtica ciudad activa, donde los restos de la muralla construida por Vauban atestiguan su glorioso pasado. Es la ciudad de los museos, de las fiestas y de las corridas, de los callejones y los cafés al pie de la imponente catedral gótica, del puerto tierra adentro, a unos 5 km del mar, que fue muy importante.

Costeando, empezamos a descubrir la región de Landes, esa planicie arenosa donde crecen pinos, entre los cuales se esconden unos pueblos muy acogedores y Dax. Ésta es la reina de la región, antigua ciudad romana, es un importante centro de curaciones gracias a su manantial de aguas termales calientes. Pasamos las playas protegidas por las dunas (Tarnos, Ondres, Labenne, Capbreton, gran centro vacacional) para descubrir Hossegor cuyas playas se llenan en el verano. Entrando por el puerto y dejando las marinas, nos anclamos en la laguna frente al sorprendente Les Hortensias du Lac, un hotel con clase y refinamiento. Hossegor, elegancia  oceánica, es un conjunto de bellas casas escondidas en el bosque, alrededor de la laguna, con su centro muy concurrido, su golf, y su larga playa ideal para los amantes del surf. Los restaurantes rivalizan en innovaciones y buen sabor de los productos locales, el foie gras siempre presente en los menúes. Capbreton es su rival, igual de bella, y Seignosse se enorgullece de tener el mejor lugar para el surf. Existen más de 331 fiestas en la región de Landes, muchas con baile típicos, desfile de hombres en sus zancos, corridas, encierro de vacas.

 

 

Hossegor-Arcachon

Nos esperaba un largo día de navegación por la costa delineada por hermosas dunas protegidas por los pinos de Landes. Este bosque fue sembrado a fines del siglo XIX para sanear esa vasta extensión de arena y ciénagas. La costa es una línea casi recta de interminable playa, interrumpida sólo por algunos ríos que desembocan en el mar, y en Mimizan, al entrar en el río pudimos descubrir la Laguna d’Aureilhan en medio del pinar. Finalmente llegamos a la punta d’Arcachon para penetrar en la boca de la gran laguna le Bassin D’Arcachon. Entonces estuvimos frente a un panorama sorprendente: la gran duna del Pilat, imponente montaña de arena de 105 m de altura, 2.7 km de largo y 500 m de ancho. Es un coloso frágil, cercenada al oeste por el océano y el viento, y desde su altura la vista se abre sobre el estuario cerrado por el cabo Ferret donde los bancos de arena, “le Banc d’Anguin”, cambian al ritmo de las mareas y constituyen una reserva natural para los pájaros.

Después de admirar ese impactante paisaje penetramos en Le Bassin d’Arcachon, con su isla de los pájaros (que pasa de tener 300 ha con marea alta a 1,000 ha con marea baja, mundo favorito de una gran variedad de pájaros), y las cabañas “tchanquées”. Esas cabañas sobre pilotes (“tchanque” significa zancos en gascón, la lengua local) fueron construidas para los cuidadores de los criaderos de ostras y esas siluetas sorprendentes, símbolo del bassin, se destacan sobre el horizonte. Las ostras d’Arcachon son famosas y exquisitas, un manjar de las mesas parisinas.

 

 

En el fondo del Bassin desemboca el río Leyre, creando un delta muy ramificado, salvaje, con vegetación abundante y gran variedad de pájaros. Por eso se ha creado el parque ornitológico de Teich, de 120 ha, donde se cuentan más de 250 especies, situado sobre el eje migratorio entre Europa del Norte y África.

El Bassin ofrece más de 3,500 lugares de anclaje para descubrir unas playas encantadoras, pero es una navegación difícil por las corrientes, bancos de arena, mareas, criaderos de ostras. Con marea baja dos tercios del Bassin son descubiertos y se navega por los canales. La Pinasse, el barco tradicional pintado de colores vivos, creado hace más de 350 años, tiene una línea de flote baja, fondo plano,  y una pequeña cabina en la parte delantera, pero sus extremidades son idénticas, lo que le permite navegar en los dos sentidos sin necesidad de dar la vuelta, lo que lo hace muy práctico en los canales y donde hay poco fondo.

Centinela sobre una duna, Arcachon es una ciudad maravillosa vigilando el Bassin, y debe su crecimiento a la moda de los baños de mar a partir de principios del siglo XIX. Las hermosas mansiones adornan la ciudad de invierno en las colinas, escondidas entre una vegetación de jardines extravagantes, pasando del estilo masivo al hispano-morisco. La ciudad de verano es la parte baja, a la orilla del mar, con el casino construido en 1853, su paseo marítimo, sus marinas, sus cafés y restaurantes, sus tiendas y la basílica, con su capilla de los marineros, cuyos muros se encuentran tapizados de exvotos para agradecerle a la virgen milagrosa. En la parte este encontramos las casas bajas con techo de tejas donde vivían los pescadores.

Arcachon hechiza por su clima marítimo y el aire del Atlántico, seduce por sus calles sombreadas y su elegancia, sorprende por su Bassin y su misterioso ecosistema. A la entrada del Bassin, el cabo Ferret se ha vuelto un lugar exclusivo de casas elegantes.

 

 

Arcachon-Bordeaux

El mal tiempo nos obligó a dejar el yate en Arcachon y alcanzar Bordeaux por tierra, a 60 km, mientras que por mar tendríamos que haber dado una larga vuelta hasta la punta de la Grave para penetrar en el Estuario de la Gironde, donde desembocan los ríos Garonne y Dordogne, y seguir por la Garonne para llegar al puerto de Bordeaux, que recibe grandes buques.

 Bordeaux, capital mundial del vino, es una auténtica ciudad señorial con sus elegantes palacetes del siglo XVIII que visten de lujo la orilla del río, y adornan las avenidas y los parques. En su antiguo corazón, los callejones recuerdan al pasado medieval, las placitas nos sorprenden con sus cafés y sus fuentes, la catedral Saint André emerge con su flecha gótica de ese elegante mundo de piedras labradas donde se asoman singulares mascarones.

El Cours de l’Indépendance es el lugar ideal para descubrir la plaza de la Comédie y el gran teatro, el barrio Saint Michel invita a conocer su mercado y las “brocantes” (mercado callejero de antigüedades y cosas viejas) del domingo al pie de su monumental iglesia, mientras el barrio Saint Pierre, el “vieux Bordeaux”, es un dedal de callejones encantadores. El largo muelle que bordea el río, con sus palacetes y elegantes edificios, es un paseo de lo más agradable, así como los jardines públicos con sus fuentes.

 

 

 

Para un lindo descanso escogimos las Sources de Caudalie, fabuloso centro de vinoterapia a unos 30 km de Bordeaux, donde se practican tratamientos a base de residuos de las uvas, en un entorno de viñedos y donde se encuentran los mejores vino, como Château Smith Haut-Lafitte.

Habíamos recorrido casi enteramente la larga playa de 250 km de largo, desde la frontera hasta el Estuario de la Gironde, una costa donde las dunas protegen el pinar, donde los pinos impiden a la arena invadir la tierra, donde los acantilados del sur se adornan de hermosas casas y se abren con bellas bahías. Costa de tradiciones, cultura y buen vivir, desde el País Vasco hasta la Gironde pasando por las Landes, es una región de fastuosa gastronomía y fabulosos vinos. El paseo marítimo se vuelve un paseo apetitoso y educativo, la región de Aquitana conquista por su belleza, su fuerte mar con su olor a yodo y sus secretos encantos que embrujan con refinados sabores. Es una región de Francia con gran seducción.

 

 

Texto: Patrick Monney ± Foto: Patrick Monney.

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