Todo es perecedero. Eso lo sabemos al mirar una fotografía. Se puede volver a ella siempre y constatar que la vida, ese flujo incesante de tiempo, ha pasado. La construcción de la historia individual y el imaginario de cada familia está ahí, indeleble, tanto en el álbum fotográfico como en la propia memoria. Poco a poco el pasado se revive al avanzar las páginas. Las crónicas-retrato de nuestra propia vida, de la de los nuestros, de la de los otros, son memento mori, atestiguan la brutal disolución del tiempo.

El Museo Guggenheim de Nueva York presenta desde el 9 de febrero hasta el 16 de abril la exposición Family Pictures. La muestra explora la representación de la familia y la infancia en el video y la fotografía contemporáneos. Reúne más de 40 piezas de 16 artistas, entre ellos: Janine Antoni, Rineke Dijkstra, Anna Gaskell, Nan Goldin, Loretta Lux, Robert Mapplethorpe, Tracey Moffatt y Thomas Struth.

 

 

Desde su invención en el siglo XIX, la fotografía ha ocupado un papel insoslayable en la configuración de la vida familiar. Las imágenes son capturadas y preservadas para asegurar la unidad de la familia de cara a la posteridad. Registrando no sólo acontecimientos importantes, sino también la vulnerabilidad implicada en el crecimiento y la mutabilidad corporal de cada uno de los integrantes. A través de la lente de artistas contemporáneos esta exposición explora temas medulares a la familia: la relación entre padres e hijos, la definición de género y asignación de roles, la dinámica familiar y el tono emocional de la infancia, adolescencia y juventud, con sus respectivas cicatrices psíquicas.

La obra de Anna Gaskell toma como referencia el juego, la literatura y la psicología preadolescente. En la serie de fotografías Wonder son aislados momentos dramáticos de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. La serie, como la novela, no se atiene a una lógica lineal, de modo que los eventos representados en ella pueden ocurrir simultáneamente en un presente eterno, sin antes ni después. Tal como la lógica del juego en el espíritu infantil.

 

 

 

 

Menos fantástico, el trabajo de Rineke Dijkstra, recurre al retrato de pubescentes, sin mayor pretensión escenográfica que la de hacer una toma de corte clásico frente al mar. Si en la obra de Anna Gaskell vemos que el inusitado desequilibrio espacial del cuerpo hace referencia al espacio exterior, en las fotografías de Dijkstra advertimos el movimiento contrario de la interioridad. Las poses de los adolescentes denuncian la frágil formación psíquica en el abismal paso a la juventud y el doloroso momento en que el cuerpo, como medida del mundo, empieza a cambiar, destacando la condición humana en sus etapas de transición.

 

 

 

 

La fotógrafa Sally Mann también registra bajo su lente la vertiginosa historia de lo que implica crecer. Los modelos (Virginia, Jessie y Emmett) son sus tres hijos, y las fotografías son tomadas durante las estadías veraniegas en su pueblo natal. Su trabajo fotográfico hace pública una intimidad que genera resonancias universales en los espectadores. Estas fotografías son el registro profundo y nostálgico de los pocos, poquísimos años que dura la infancia, y con ella la seguridad de que se pertenece libremente a la tierra.

Desde la perspicaz mirada de los artistas podemos inferir que si bien las fotografías son una imagen del pasado también son materia para trabajar el presente, para restituirlo, y por qué no para reinventarlo. Esa realidad antigua que es el retrato, ese documento inalterable, no deja de generar lecturas diversas de lo que subyace a la superficie de su representación tradicional. 

 

 

 

 

Texto: Anarela Vargas ± Foto: Xxxxx.

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