Mano a mano, Jaquet Droz y un coleccionista dieron vida a una creación de un hito en la historia de la artesanía de arte: el Petite Heure Minute Red Gold Japanese Garden.
Compuesto por 25 apliques realizados, en su mayoría, en nácar esculpido y grabado, y colocados en una esfera también realizada de forma íntegra en nácar.
Un trabajo de orfebre, ejecutado a mano, con una precisión de décimas de milímetro. Una pieza única, la excelencia en estado puro.
En su seno, el nácar no es un adorno en una esfera de oro, como suele ser habitual, sino que constituye, en sí mismo, la esfera, realizada en su totalidad en nácar ultrablanco procedente de los confines del Pacífico.
La composición que figura en la esfera es onírica. En ella se exhiben todos los elementos que, en la cultura japonesa, favorecen la serenidad, la armonía y la paz interior.
El lugar de honor, en la parte superior, está ocupado por un templo tradicional. La proeza del mismo no radica simplemente en la extrema delicadeza de su tejado, sus balcones esculpidos, la perspectiva de sus plantas, sino también en los volúmenes que se proyectan en él mediante una sutil capa de pintura gris semitranslúcida. Se encuentra presente en cada sombra proyectada, gracias a la cual, el ojo puede reconstruir los volúmenes.
Además, el templo no solo es que parezca estar en segundo plano, sino que realmente lo está gracias a los 25 apliques colocados delante de él. En la parte izquierda de la esfera hay juncos y nenúfares. En la parte derecha, un cerezo y un farol. Y en el centro, un ballet de carpas Koi. Ahí es donde se encuentra el aplique más delicado de toda la escena: las ramas de los juncos que salen del agua no tienen más de 0.1 mm de grosor.
Jaquet Droz ha tenido que inventar un ingenioso procedimiento para que el tallo en las 5 h pueda fijarse a los pétalos del nenúfar a su izquierda, y todo el conjunto con un grosor de 0.1 mm.
Prácticamente todos estos elementos son apliques de nácar, con algunas excepciones, en concreto, las ramas del cerezo, que son de oro amarillo, igual que el armazón del farol. En su interior brilla un cabujón de nácar que, a modo de máximo realismo, refleja el río y sus carpas. La atención al detalle se ha llevado al extremo, hasta el punto de que se ha respetado totalmente la imagen proyectada sobre su superficie ligeramente curvada. La técnica recuerda a Johannes Vermeer (autor neerlandés de La joven de la perla).
Numerosos detalles más contribuyen a crear el volumen y la perspectiva. Las agujas de las horas y los minutos pasan por debajo de la decoración, con una precisión de una décima de milímetro. Las carpas nadan bajo los nenúfares, pero sus ojos tienen el brillo de un diamante de 0.5 mm, lo que las hace brillar en la superficie.
Las hojas que flotan en la superficie del río se colocan como laminillas de oro sobre las olas y los guijarros. Además, gracias al cristal glass box que cubre la caja en oro rojo, puede echarse un vistazo indiscreto bajo los apliques. Allí puede observarse que, incluso en este lugar, prácticamente invisible, la decoración sigue estando grabada a mano, aunque solo sea visible para el coleccionista. Un secreto exquisito y único, como su pieza.